A diario nos encontramos en situaciones con otras personas en las que tenemos que contenernos para ser amables, sonrientes, educados, generosos… en definitiva, mostrar nuestro lado social. Se trata de algo muy útil, sobre todo cuando tenemos que afrontar una entrevista de trabajo, reunión familiar, negociación, etc.

En muchas ocasiones esto no supone ningún problema, ya que sabemos que el bien de la convivencia compensa esos chispazos internos que nos avisan de que no estamos tan cómodos como nos gustaría. También ayuda tener la seguridad de que podremos relajarnos en nuestro contexto con nuestra pareja, amistades, familiares posteriormente. Tengamos que contenernos o no, de este modo se estrechan lazos y se previenen conflictos

A pesar de sus beneficios, para poder gestionarnos de esta manera necesitamos aprender estrategias que nos garanticen un equilibrio interno, aunque por fuera las cosas empiecen a quebrarse. Hay muchas formas de llegar a este fin. Si visualizamos a una anciana en su mecedora, balanceándose lentamente mientras hace punto; o una panadería, cuando el aroma del horno tostando pan nos embriaga de ese olor a hogar; o un atleta, observándolo en primer plano, el tiempo se ralentiza, justo antes de salir disparado, percibiendo su respiración, sus latidos fuertes y constantes, pum pum, pum pum, pum pum, la mirada fija, sus músculos preparados… podremos notar un atisbo de ese control, inspirándonos, concentrándonos.

A pesar de que el control tiene ese componente que viaja entre realidad e ilusión, cierto es que manejarse de manera adecuada repercute en el equilibrio y nos asegura psicológicamente firmeza y una toma de decisiones calmada y acertada. Muchas de las quejas que traen nuestros pacientes, se relacionan con impulsos que deterioran las relaciones sociales, como salir corriendo de la cola del supermercado, encerrarse en el baño antes de asistir a un compromiso social, estallidos de pánico y rabia ante sus allegados…

Por lo tanto, podemos asegurar que, uno de los trastornos patológicos más importantes en nuestra sociedad, es decir, la ansiedad, va de la mano con problemas de equilibrio o control interno que se desajustan ante estímulos estresantes, a veces fácilmente identificables (fobia a animales, pérdida de trabajo, de relaciones importantes…)  en otras no tan fácil (ataques de pánico, angustia…). La falta de poder para auto-ajustarse puede acabar repercutiendo en un intento de controlar aquello que nos rodea, aislándonos socialmente cada vez más, ordenando y limpiando nuestro hogar de manera estricta, aferrándonos a normas sociales como si la vida dependiese de ello (sonríe, no repliques, no seas maleducado, siempre tienes que agradecer) acentuando y reforzando el desequilibrio interno, ya que cuanto más fuerte es este impulso de control externo, mayor es el abismo que asoma nuestro interior. Como puede imaginar el lector, este camino lleva consigo una erosión en la confianza, la autoestima y en general, la resiliencia será cada vez más frágil e inestable.

Mucho se ha avanzado hoy en el tratamiento de la ansiedad en sus múltiples formas, y se sabe que la psicoterapia tiene que contemplar todos los focos posibles relacionados con esta enfermedad, es decir, cuerpo, pensamiento y emoción en sociedad.

Explicándolo de otra manera, si una persona se desborda por la ansiedad y entra en un estado de nerviosismo, temblor, mareo, náuseas, pérdida de noción de realidad… trata de sujetarse, de mantenerse firme, y entonces aparecen dudas que la corroen: ¿Qué me pasa? ¿Qué hago? “Por favor, que esto termine ya” … y así, la crisis mental refuerza la crisis corporal.

La misma vivencia de pánico puede desencadenar a medio plazo una depresión o una dependencia emocional, por miedo a volver a quedarse sola y revivir la experiencia, haciendo finalmente imposibles nuestras relaciones por el miedo al rechazo, a la imagen de debilidad que exponemos, en definitiva, a perder el control ante los otros.

Es por esta razón que, terapéuticamente hablando, tenemos que dar un orden y lugar para trabajar cada aspecto de la enfermedad:

  • Encontrar un lugar seguro, siendo la consulta una opción controlada y válida, en el que la persona sepa que está a salvo y pueda permitirse avanzar para encontrar el camino al equilibrio interno, es decir, a su propio control.
  • Técnicas centradas en la relajación y las sensaciones corporales (mindfulness, hipnosis emdr…) le ayudarán a fortalecer y habituar su cuerpo, generando una mayor resistencia ante la ansiedad y recuperando esa percepción de fortaleza que hace tiempo se quedó atrás.
  • Empoderar el autoconocimiento: tanto tiempo siendo esclava de la enfermedad, vinculándose poderosamente a ella, ha llevado a la persona a tener una idea de sí misma como alguien incapaz, inútil, inerte ante las circunstancias internas. Estos pensamientos dificultan mucho el trabajo, y hay que iluminar las virtudes, por desgracia olvidadas, pero no perdidas.
  • Y en último lugar, pero no menos importante, conseguir que la persona se vea a sí misma en situación, y descubra que ya no tiene miedo. Poder volver a relacionarse, mantener amistades, soportar los conflictos, confiar la vulnerabilidad a aquellos más cercanos, volver a sonreír sin miedo al rechazo y adaptarnos de nuevo a la marabunta social.

Como podemos observar, la adaptación social es importante, y saber manejar la balanza entre nuestro comportamiento y nuestro deseo es sinónimo de resiliencia. Aunque, si la situación lo requiere, hemos de decir que mandar a la mierda puede ser muy terapéutico.