El ser humano se forma durante su crecimiento, creando conexiones consigo mismo y con el mundo. De este modo, se construyen mapas que se relacionan entre sí y dependen, por un lado, de lo aprendido a partir de la experiencia, y por otro, de lo que trae consigo al nacer, formando una imagen que reflejará el ser que se está cimentando. De manera continua grabamos experiencias que nos guían en la vida, en cuyo núcleo se hallan nuestros referentes (quien nos concede la vida, o elegimos darle ese papel). Ellos nos informan y nos transmiten cómo funciona el mundo, siendo fundamental para nuestro aprendizaje a la hora de afrontar el sufrimiento y disfrutar del éxito, dos caras de una moneda que giran continuamente en nuestro universo. Un ejemplo de estas experiencias podría seguir esta secuencia: Notar un calor protector del contacto cuerpo con cuerpo con nuestro referente al nacer; sostenernos con seguridad y cariño mientras nos pone una pomada para una picadura de avispa, y nosotros lloramos desconsolados; contemplarnos en nuestra duda y abatimiento, tratando de resolver dudas sobre el amor, porque tenemos una primera cita; compartir el éxito, resultado de nuestro esfuerzo en el examen para entrar a la universidad, o en nuestro primer trabajo, demostrando que empezamos a valernos por nosotros mismos, y su abrazo responde a esa validez…

Pero del mismo modo que el aprendizaje puede estar basado en la seguridad y en el cariño, también puede originarse en las raíces del miedo y la desconfianza. El rechazo y la ansiedad de nuestro referente puede marcarnos en ciertos momentos de nuestra vida haciéndonos creer, entre otras cosas, que hay que ser más, hay que dejarse menos. Una analogía del mismo ejemplo sería: Un primer gesto declarando que no nos quiere coger en brazos al nacer; recibir gritos coléricos para que dejemos de quejarnos por una picadura; ensañarse con un discurso sobre lo malo y perverso que es el mundo, los hombres, las mujeres ante nuestra primera experiencia amorosa; declarar que siempre se puede hacer mejor, nuestro éxito nunca es suficiente, hay que ser alguien en la vida… En esta historia las muestras de afecto son limitadas, y en consecuencia hemos interiorizado que no podemos permitirnos ser vulnerables, por lo que, a la hora de decir te quiero, un dilema perturbador se nos apoderará.

La pregunta al respecto podría ser ¿Cómo afecta esto a la hora de relacionarnos, de tener pareja, de crear lazos íntimos? ¿Podemos salir de ese círculo vicioso mantenido por el miedo a no ser “…”?

En respuesta a la primera pregunta, tal como muestra el ejemplo, uno de los aprendizajes disfuncionales sería que mostrar afecto solo recibiría rechazo en respuesta, por lo que es mejor censurar y luchar por demostrar cada vez más valor. Esta forma de funcionar puede tener desenlaces dramáticos y perturbadores, desde crisis de ansiedad en diferentes contextos (relacionada con exponernos a “ser débiles”) pasando por problemas de compromiso constante, porque nunca llegamos a sentir que la relación sea perfecta, siempre cuestionamos cualquier aspecto, volviendo al dilema una y otra vez (“y si hago… dejan de valorarme” “si no es perfecto/a, no es para mí”), dejándonos atascados en el desánimo y por lo tanto, entramos en riesgo de sufrir depresión, además de padecer síntomas psicosomáticos variados.

Pero no todo está perdido, del mismo modo que la base del problema se fundamenta en el apego, ese vínculo íntimo y poderoso que nos mantiene unidos a quien es nuestra referencia, también la solución se hallará en el apego. Sin querer profundizar en este aspecto, os remitimos a un fabuloso artículo escrito por el psiquiatra Diego Figuera titulado “hay apegos sanos o insanos” https://elpais.com/cultura/2017/09/09/actualidad/1504959396_996191.html que aclara mucho al respecto. Si decir, conectando con el problema tratado aquí, que la función primordial del apego es asegurar y proteger a quien es vulnerable, hasta que pueda valerse por sí mismo, para posteriormente, permitirle separarse, que no despegarse. Visto esto, cuando nos probamos, y nos separamos, descubrimos en la amplitud del mundo tal cantidad de posibilidades, que se nos ofrece una oportunidad de elegir, aunque en distinción a nuestro referente, qué creer, sentir, querer. Seremos los mismos siendo diferentes, o como se suele decir, seremos versiones mejores de nosotros mismos, y eso nos lo ofrece el mundo social. Cierto es que cuanto más fuerte sea el vínculo insano, más difícil será separarse, pero no imposible.

Por lo tanto, una de las líneas en terapia para no quedarnos atrapados en ese círculo que vinculamos a una defensa constante del mundo, será mantener una mirada en el ayer y otra en el ahora, ya que reconciliarse con el pasado, asegura confianza en el presente. Con técnicas, aplicadas por psicólogos expertos, focalizadas a la emoción como la hipnosis, el EMDR u otras llegaremos a un descubrimiento, como que mamá no odiaba a ese bebé tras el parto, sino que sufría pensando en no ser suficiente (Françoise Dolto expresaba a alguno de sus pacientes, “que dice de ti ser más fuerte que el deseo de tu madre de que no nacieras”); que los chillidos ante el dolor de la picadura solamente fueron intentos fallidos de enseñar fortaleza… dejamos que imaginéis la solución al resto de la secuencia. Otra de estas líneas terapéuticas sigue por trabajar para permitirse la oportunidad de vivir algo distinto, encontrar en el mundo social otro lugar que encaje con nosotros, porque, aunque no podamos elegir dónde nacemos, si con quién crecemos. En resumen, será necesario ampliar ese trasfondo del universo emocional y crear un nuevo lazo entre la persona y su historia, “ahora puedo creer en algo nuevo, ser diferente, ser mejor” eliminando esa primera losa y dirigiéndonos a un futuro deseado. Ya podremos decir “lo siento” y expresar “te quiero”.