“No estoy triste, es que no me apetece nada”. La persona que la dice no está llorando. A veces incluso sonríe al contarlo, como pidiendo disculpas por quejarse de algo que le parece menor.

Eso tiene nombre. La anhedonia es la incapacidad para disfrutar y para experimentar placer o interés por aquello que antes te resultaba placentero, y es uno de los síntomas peor entendidos de la salud mental, precisamente porque no se parece a lo que imaginamos cuando pensamos en sufrimiento.

No duele. Y quizá por eso cuesta tanto pedir ayuda por ello.

Qué es la anhedonia y en qué se diferencia de la tristeza, la apatía y la abulia

La palabra viene del griego: a (sin) y hedone (placer). Sin placer.

La anhedonia no es un trastorno psicológico en sí misma: la anhedonia es un síntoma que atraviesa varios cuadros clínicos. El DSM-5 la sitúa en un lugar central: para diagnosticar un episodio depresivo mayor debe existir ánimo deprimido o bien una disminución marcada del interés o placer en casi todas las actividades. Uno de los dos. Es decir, se puede estar clínicamente deprimido sin sentirse triste.

Conviene distinguirla de la apatía y de la abulia. En la apatía lo que baja es la reactividad emocional general; en la abulia, la capacidad de iniciar una acción. En la anhedonia lo que se pierde es el placer en actividades que antes lo daban, aunque la persona siga funcionando.

Eso desmonta la idea popular de la depresión como un charco de llanto. Muchas depresiones no lloran: se apagan.

Los tipos de anhedonia: querer y disfrutar no son lo mismo

Aquí está el matiz que más alivio suele producir cuando lo explico, porque reordena toda la experiencia.

La práctica clínica distingue entre anhedonia anticipatoria o motivacional (la incapacidad de sentir placer por anticipado, de tener ganas de algo antes de que ocurra) y anhedonia consumatoria (la incapacidad de experimentar placer mientras ocurre). Son circuitos distintos: una cosa es el querer y otra el gustar.

Muchas personas conservan buena parte de la capacidad de disfrutar y lo que han perdido es la capacidad de anticipar. Por eso ocurre algo que desconcierta a familiares y amigos: la persona no quiere quedar, se resiste hasta el último minuto, y luego, una vez allí, pasa un rato razonablemente bueno.

No es que estuviera fingiendo desgana. Es que el sistema que enciende las ganas antes del plan no se estaba encendiendo.

También se habla de anhedonia social (cuando lo que se apaga es el placer de estar con otros) y de anhedonia física o sexual, cuando lo que deja de registrarse es el placer del cuerpo, la comida o el contacto. En investigación se mide con instrumentos como la escala de placer de Snaith-Hamilton, aunque en consulta lo que más dice es cómo lo cuentas tú.

Síntomas de la anhedonia: la vida en modo mantenimiento

Nadie llega a mi consulta diciendo “tengo anhedonia”. Ningún paciente usa esa palabra. Llegan describiendo una vida que funciona por fuera y está vacía por dentro, con un estado de ánimo que no es tristeza sino ausencia.

  • La música que te emocionaba ahora es ruido de fondo agradable, nada más.
  • Sigues haciendo planes, pero más por no fallar a nadie que por ganas.
  • La comida sabe, pero da igual qué comas.
  • No hay nada que te apetezca especialmente cuando por fin tienes la tarde libre.
  • Las conversaciones te llegan como a través de un cristal.

La pérdida de interés no llega de golpe: se instala por descarte, hasta que un día te das cuenta de que llevas meses en modo mantenimiento. Y cuando eso se cronifica sin alcanzar la intensidad de una depresión mayor, conviene mirar también hacia la distimia o trastorno depresivo persistente, donde este apagamiento puede durar años pasando por carácter.

Si te has reconocido en esa lista más de lo que te gustaría, no esperes a tener una razón lo bastante grave para consultar. En Terapéutica en Alza atendemos en el centro de Zaragoza y también online: puedes llamarnos o escribirnos al 653 694 007 y lo miramos juntos, sin que tengas que justificar nada.

Causas de la anhedonia: el circuito de recompensa del cerebro

Conviene decirlo con cuidado, porque las explicaciones cerebrales mal contadas hacen daño.

La anhedonia se relaciona con el funcionamiento del sistema de recompensa del cerebro, un circuito cerebral (con el núcleo accumbens como pieza conocida) en el que la dopamina participa en la señal de “esto merece la pena buscarlo”. Cuando ese circuito trabaja con menos intensidad, la falta de motivación aparece antes incluso de que haya una decisión consciente.

Pero eso no significa que estés averiado ni que dependas de una pastilla para volver a disfrutar. Ese circuito responde a la historia de cada uno: a un duelo, a un desgaste sostenido, a meses de estrés, a una experiencia que dejó huella. El cerebro deja de anticipar recompensas cuando ha aprendido que esforzarse no traía ninguna. Visto así, la anhedonia deja de ser un fallo y empieza a parecer una conclusión.

La anhedonia puede aparecer también en otros contextos: en el trastorno depresivo mayor, en el trastorno bipolar, en la esquizofrenia y otros cuadros psicóticos, en trastornos de ansiedad, en el abuso de sustancias y en cuadros neurológicos como la enfermedad de Parkinson. Por eso el tratamiento adecuado nunca empieza por tratar la anhedonia como un síntoma suelto, sino por entender a qué pertenece y qué otros síntomas depresivos la acompañan.

Cómo tratar la anhedonia: qué hacemos en terapia

Lo primero, algo que rara vez se dice: no te voy a pedir que te esfuerces en disfrutar. Es la instrucción más inútil que existe, porque el placer no obedece órdenes.

Y una aclaración, porque la duda aparece siempre: el tratamiento de la depresión puede incluir antidepresivos, y en algunos casos son necesarios, pero esa valoración corresponde al médico. Desde la psicoterapia el trabajo es otro.

Lo que sí hacemos es tomarnos en serio ese desajuste entre querer y disfrutar. La activación conductual, una intervención con respaldo sólido en depresión (el ensayo COBRA, publicado en The Lancet en 2016, la encontró no inferior a la terapia cognitivo-conductual), parte justamente de ahí: recuperar contacto con la experiencia sin esperar a que lleguen las ganas, porque las ganas suelen venir después y no antes.

No es “obligarse a salir”: es dejar de usar el apetecer como requisito previo para vivir. La diferencia parece pequeña y lo cambia todo.

Y junto a eso, la parte que a mí más me importa: entender qué se apagó y cuándo. Casi siempre hay una historia debajo. A veces es un cansancio que nadie nombró, a veces una pérdida que no se lloró, a veces años de sostener a otros. Si quieres seguir por ahí, aquí explicamos cómo saber si lo que tienes es una depresión y en qué consiste nuestro tratamiento de la depresión en Zaragoza. Y si quien no disfruta de nada es alguien de tu familia, quizá te sirva esto otro: cómo ayudar a una persona con depresión.

Lo que suelo preguntar al final de la primera sesión

Vuelvo a aquella frase del principio, la del “no me apetece nada”.

Cuando alguien me la dice, no le pregunto qué le gustaría volver a disfrutar. Le pregunto otra cosa: ¿cuándo fue la última vez que algo te apeteció de verdad, y qué estaba pasando en tu vida entonces? La respuesta casi nunca es un plan concreto. Suele ser una época.

Ahí empieza el trabajo. No en recuperar aficiones, sino en entender qué se fue apagando mientras tú seguías cumpliendo.

Si llevas tiempo funcionando sin que nada te llegue, quizá merezca la pena que alguien te acompañe a mirarlo. Cuando cruzas la puerta de la consulta, el proceso ya ha empezado.

Juan Fernández-Rodríguez Labordeta

Psicólogo Sanitario y Psicoterapeuta de Tiempo Limitado. Con formación en EMDR. Cofundador de Terapéutica en Alza. Colabora con Aragón Radio y ha trabajado con familias y adolescentes en conflictos graves. Es parte del grupo de Recursos Artísticos para la intervención terapéutica del Colegio de psicólogos de Aragón. Además de ayudar a personas adultas, se especializa en el acoso escolar y trabaja en colaboración con entidades sociales de la infancia.

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