La adolescencia representa no solo un cambio evolutivo, sino todo un reto para el joven que comienza a ver el mundo tal y como es. La biología no es la única que tiene algo que decir en este cambio, sino también la psique, intentando ajustar la realidad a sus necesidades y deseos. Este ajuste implica que el o la adolescente trata de convivir con las normas familiares, por un lado, y las que aprende con sus iguales, por otro, siendo habitual que unas normas y otras se contradigan entre sí.

En muchas ocasiones, la adolescencia lleva consigo un intenso sentido de la intimidad, llegando a ocultar las experiencias personales diarias a su familia y encerrarse en su cuarto. En otras ocasiones, las explosiones de rabia preceden cualquier tipo de discusión, dificultando el entendimiento.

A raíz de esto, es habitual que haya conflictos en la comunicación, ya que en la adolescencia intentan demostrar con orgullo que no necesitan cuidados ni lecciones nuevas, tratando de librarse de seguir la norma adulta al pie de la letra.

Explicaremos cómo vincularnos con el o la adolescente para que la convivencia familiar no pierda ese clima de seguridad que necesitamos. Tal como se señala en el título, lo haremos a modo de pregunta y reflexión, ya que consideramos que las familias tienen suficiente capacidad para responder por sí misma al desajuste que supone la incorporación de la adolescencia a la convivencia familiar.

¿Cómo empatizo con mi hijo/a adolescente?

Cuando empatizamos con un niño o una niña, tratamos de hacer lectura de cómo se siente, le preguntamos, nos mostramos cercanos, tenemos paciencia con sus explicaciones, le reconfortamos, consolamos y admiramos. La adolescencia puede que trate de marcar distancia y no permita tanto compartir sus estados emocionales.

Ese sería un motivo de reflexión, ¿Sabemos empatizar desde la distancia? ¿Conseguimos dejarle espacio y recibirle incondicionalmente cuando nos pide ayuda? ¿Diferencio bien entre el capricho y la necesidad? ¿Soy consciente de la diferencia entre que quiera conseguir algo de mí y que no me quiera?

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Ser adolescente no significa eliminar los momentos íntimos y especiales con la familia, pero sí se limitan, por lo que ser pacientes y permitirles ese tiempo y espacio es fundamental para mantener ese vínculo personal que nos mantiene conectados.

¿Mi hijo/a adolescente sabe afrontar sus sentimientos?

Dentro de esa intimidad que demanda el o la adolescente perdemos el control, y es cierto que puede pasarle algo, desde amistades en conflicto a rupturas emocionales. Por esa razón, sentimos esa presión de estar preparados para lo que venga.

¿Confío en que mi hijo/a adolescente pueda resolver sus problemas? ¿Cuándo puedo o debo intervenir? ¿Si no me piden consejo debo dárselo? ¿Puedo mantenerme sereno y seguro si veo a mi hijo/a frustrado/a? ¿Entiendo cómo se siente realmente mi hijo/a adolescente a pesar de que discutamos?

Como referentes, seguimos siendo guías en su camino, solo que en esta ocasión empiezan a valerse por su cuenta. Saber sentir lo que sienten facilita el entendimiento que necesitan y nos ayuda a visualizar soluciones que nos lleven a la tranquilidad y la seguridad.

¿Cómo fomento la responsabilidad en mi hijo/a adolescente?

Los límites y las normas son fundamentales para una convivencia sana con nuestros hijos e hijas, ya sean niños o adolescentes. La diferencia radica en que saltamos de la imposición a la negociación. La adolescencia necesita del cambio, de sentirse diferente, de ser único, por lo que el/la adolescente cuestionará aquellas normas que más choquen con este deseo.

responsabilidad adolescente

¿Aplico las mismas normas que hace 2 años o más en casa? ¿Son justas para todos y buscan el bien común? ¿Soy coherente con esos límites y cumplo lo que exijo? ¿Tengo en cuenta sus opiniones o su situación a la hora de aplicar las normas? ¿Puede mi hijo/hija aportar algo en la convivencia? ¿Estas normas generan tranquilidad o frustración? ¿Ayudan a que nos comuniquemos? ¿Puedo romper estas normas si es necesario?

Es importante que padres y madres sepan cuál es el sentido de los límites, ya que en la adolescencia se puede razonar de un modo más profundo y por lo tanto, se les puede dar explicaciones. La respuesta de “porque soy tu padre/madre” debe quedar en segundo plano, y transmitir en primer lugar que a pesar de mandar, les tenemos en cuenta. A partir de ahí, ser autoridad con la adolescencia es más una tarea de resistencia que de ganar o perder.

¿Sirve de algo castigar a mi hijo/a adolescente?

Incumplir horarios, suspender asignaturas, usar el móvil o la tablet fuera del horario marcado, consumir marihuana o beber alcohol… son motivos de frustración para padres y madres. Cuando se pierde el control, el miedo lleva a la ira, tratando de endurecer castigos y penas para frenar conductas que preocupan.

¿Los castigos van a más y la situación no cambia? ¿Nada de esto ocurría y de repente todo cambió? Y si es así ¿Qué ha ocurrido para que cambie? ¿Vivimos momentos de bienestar, o toda la relación está basada en el enfado y el castigo? ¿Tenemos un objetivo común, o mi hijo/a tiene un objetivo en mente y yo otro? ¿Los castigos generan falta de entendimiento, o todos recibimos el mensaje?

Un buen punto de partida es preguntarse si “siempre ha sido así”, ya que es habitual que tanto en la infancia como en la adolescencia, cuando algo les afecta y no saben resolverlo, el primer lugar donde se refleja es en las notas. Si contenemos la primera reacción de ira, nos permitiremos un respiro para reflexionar sobre el “qué” está ocurriendo y descubriremos algo importante. En el caso de que las contestaciones y la desobediencia sea algo habitual desde hace años, cabe pensar en qué tuvimos que aprender como familia en aquel momento donde todo comenzó.

¿Qué me pasa cuando discuto con mi hijo/a adolescente?

Los adultos y adultas no estamos libres del estrés que supone mantener nuestro estilo de vida, el ritmo de trabajo, los gastos… dificultando los cambios y ajustes que requiere la adolescencia. Tratamos de transmitir que también son adultos para tomar decisiones y ser responsables, pero siguen demandando nuestra atención para diferentes asuntos, algunas veces de manera exigente.

¿Nos encontramos constantemente a la defensiva? ¿Hay alguna manera de conseguir que cooperen? ¿Tenemos en cuenta sus intereses y desengaños? ¿Es nuestro estrés o frustración generador de discusiones o al contrario, son las discusiones constantes las que nos generan esta tensión? ¿Tanto discutir hace que me olvide de lo que hace bien mi hijo o mi hija? ¿Qué es más importante, la razón por la que discutimos, o lo que sentimos al discutir? ¿Es realmente responsable nuestro hijo o hija de todo sobre lo que discutimos?

A nuestra consulta llegan muchas madres o padres a los cuales les cuesta tiempo y silencio recordar cuándo fue la última vez que estuvieron bien con su hijo o hija adolescente, o incluso encontrar virtudes puede suponerles un mundo. Cuando nos encontramos inmersos en constante conflicto, llega un punto en el que es fácil olvidar lo que es importante y nos sintamos arrinconados.

hablar y escuchar a adolescentes

¿Me puedo permitir cometer errores con mi hijo/a adolescente?

Una de las mayores presiones para cualquier madre o padre, es cometer un error que lleve a su hijo o hija al sufrimiento, al abismo, a la pérdida y a la catástrofe más absoluta (dramatización). Todas las personas llevamos una mochila con carga, parte de ese peso consiste en decisiones tomadas, otra parte en deberes que no podemos rechazar. En cuanto tratamos de transmitir valores, creeremos que también transmitimos parte de esa carga, y eso da miedo.

¿Creo en mi capacidad para aprender como madre o padre? ¿Si un niño no viene con manual de instrucciones al mundo, porque yo no puedo escribir y reescribir el mío propio? ¿Qué es más sano una vez cometido el error, sumergirme en la culpa u ocuparme en reparar el daño? ¿Pierdo mi autoridad al cometer errores? ¿Verme vulnerable y errático es una oportunidad para madurar, o les hago más débiles?

La palabra oportunidad es sagrada tanto para padres y madres como para hijos e hijas, siempre y cuando lleve a la actividad para mejorar y no a la pasividad de esperar que las cosas mejoren por sí solas. Todo el mundo se merece otra oportunidad para aprender y crecer. Cualquier pregunta que se genere a raíz de estas será siempre bien recibida, como última reflexión y en referencia a un buen libro relacionado con el tema os preguntamos, ¿cómo podemos escuchar para que nuestros hijos/as hablen?

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