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El ataque de pánico o la crisis de ansiedad es un episodio caracterizado por un comienzo repentino, aparentemente causado por cualquier cosa, que suele durar menos de treinta minutos. Los síntomas que experimenta la persona durante la crisis de pánico pueden ser, entre otros: taquicardia, mareos, extrasístole, sudoración repentina, temblores, sensación de asfixia, dolor o sensación de peso en el pecho, náuseas, miedo a morir o volverse loco, escalofríos o sofocos.

Las personas que han experimentado crisis de ansiedad lo describen como una experiencia terrible, a menudo repentina e inesperada, al menos la primera vez. Es comprensible, por tanto, que el temor a un nuevo ataque de pánico se haga inmediatamente fuerte y dominante, también por el círculo vicioso típico de las crisis de pánico, que hace que los síntomas físicos refuercen los psicológicos y viceversa.

El miedo a la crisis de ansiedad es muy limitante

Por consiguiente, es frecuente que una sola crisis de ansiedad conduzca fácilmente a un verdadero trastorno de ataque de pánico real, más por «miedo al propio miedo» (mecanismo de ansiedad anticipada) que por otra cosa. La persona se encuentra, sin darse cuenta, rápidamente atrapada en un tremendo mecanismo que a menudo trae consigo la llamada «agorafobia», o la ansiedad de estar en lugares o situaciones de los que sería difícil o vergonzoso salir, o en los que podría no haber ayuda, en el caso de una crisis de pánico inesperada.

Todo esto también puede tener consecuencias muy incapacitantes en la vida de la persona y en su funcionamiento social y laboral. Puede llegar a resultar casi imposible salir de casa solo, viajar en tren, autobús o coche, quedarse entre la multitud o en la cola… por miedo a ser asaltado por una nueva crisis de ansiedad.

La evitación no es la solución a los trastornos de ansiedad

La evitación de todas las situaciones potencialmente ansiosas (es decir, capaces de desencadenar la crisis de pánico) se convierte, en consecuencia, en la forma predominante de abordar el problema y la persona se convierte en esclava de su trastorno, obligando a menudo a todos los miembros de la familia y conocidos a no dejarle nunca solo y a acompañarle a todas partes, con el inevitable sentimiento de frustración que se deriva de la dependencia constante de los demás y que, en muchos casos, corre el riesgo de desembocar en una depresión secundaria.

Los ataques de pánico y el trastorno de pánico con o sin agorafobia pueden tratarse eficazmente con la terapia cognitivo-conductual, que ha demostrado ser la forma más eficaz de intervención en un período relativamente corto.

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