Quizá llevas tiempo haciéndote la misma pregunta a solas: ¿por qué me duele algo que, en teoría, debería gustarme? La dispareunia, ese dolor persistente o recurrente durante las relaciones sexuales, es de esos temas que se viven en silencio. Se aguanta, se disimula, se pospone. Y mientras tanto, algo dentro de ti se va apagando.

Te lo digo sin rodeos, porque de esto va mi trabajo: el dolor en el sexo no es normal, no es “cosa tuya” y no tienes que resignarte a él. Tampoco es una avería vergonzosa. Es una señal. Y las señales, cuando se escuchan, se pueden entender y tratar.

Qué es la dispareunia

La dispareunia es el dolor genital o pélvico que aparece antes, durante o después de las relaciones sexuales, sobre todo con penetración. Puede sentirse como ardor, escozor, presión o punzadas, y no es un episodio aislado: hablamos de un dolor persistente o recurrente, que se repite y condiciona tu actividad sexual. De hecho, es una de las disfunciones sexuales más frecuentes y, a la vez, de las menos consultadas.

Aunque la dispareunia femenina es la más frecuente, también existe la dispareunia masculina: dolor en el pene durante el coito o dolor en la eyaculación, a menudo ligado a infecciones o a tensión acumulada. El dolor al tener relaciones sexuales no entiende de géneros, aunque se hable aún menos en hombres.

Según dónde y cuándo aparece el dolor, se distinguen dos tipos:

  • Dispareunia superficial: El dolor se localiza en la entrada de la vagina o en la zona genital externa, al inicio de la penetración.
  • Dispareunia profunda: Se siente más adentro, en la pelvis o el bajo vientre, con la penetración profunda o en ciertas posturas.

Conviene diferenciarla del vaginismo, la contracción involuntaria de los músculos que rodean la vagina y que dificulta o impide la penetración. En la práctica van tan de la mano que el DSM-5, el manual diagnóstico de referencia, agrupa dispareunia y vaginismo en una misma categoría: el trastorno de dolor génito-pélvico/penetración. Dolor, miedo y tensión muscular funcionando como un mismo equipo. Un equipo del que nadie quiere formar parte, todo sea dicho.

Por qué duele: causas físicas y factores emocionales

Lo primero, siempre, es descartar las causas orgánicas con una exploración ginecológica o urológica. Hay muchas condiciones físicas que pueden explicar el dolor: infecciones vaginales o urinarias, sequedad vaginal (muy habitual en la menopausia, el posparto o con algunos anticonceptivos hormonales), endometriosis, enfermedad inflamatoria pélvica, cicatrices de una episiotomía, problemas del suelo pélvico o irritaciones de la piel.

Cuando hay una causa física, el tratamiento de la dispareunia empieza por ahí: tratar la infección, mejorar la lubricación vaginal, trabajar el suelo pélvico con fisioterapia. Hasta aquí, el terreno de la medicina.

Ahora bien, hay una escena que se repite muchísimo: las pruebas salen bien, el cuerpo está “sano”, y el dolor sigue ahí. Y entonces llega esa frase que tanto daño hace: “no tienes nada”. Como si el dolor fuera inventado. No lo es. Significa que hay que mirar en otra dirección: la de los factores emocionales.

La ansiedad, el estrés sostenido, una educación sexual basada en la culpa, experiencias sexuales dolorosas o no deseadas, los conflictos de pareja o el miedo a la intimidad pueden traducirse en un cuerpo que se defiende. Y un cuerpo que se defiende se tensa, lubrica menos y siente más dolor. No estás fingiendo nada: tu cuerpo está hablando un idioma que todavía no te han enseñado a traducir.

El círculo del dolor: miedo, tensión y evitación

Aquí está la clave psicológica de la dispareunia, la que casi ningún artículo médico te cuenta. El dolor deja huella, y esa huella se llama anticipación.

Después de varias experiencias dolorosas, tu mente aprende a esperar el dolor antes de que llegue. Vas a la cama en alerta, no en deseo. Los músculos del suelo pélvico se contraen sin que tú lo decidas, la excitación sexual baja, la lubricación desaparece. ¿El resultado? Duele más. Y ese dolor confirma el miedo, que volverá con más fuerza la próxima vez.

Dolor, miedo, tensión, más dolor. Un círculo que se alimenta solo.

Con el tiempo, muchas personas empiezan a evitar las relaciones sexuales, o algo aún más silencioso: siguen teniéndolas apretando los dientes. Aguantar el dolor por no decepcionar, por no discutir, por no “perder” a la pareja. Si te suena, quiero que leas esto despacio: aguantar no protege tu relación, la erosiona. Y para colmo, provoca que tu cuerpo sienta que el sexo es algo de lo que defenderse.

Si te reconoces en este círculo, no hace falta que sigas dándole vueltas a solas. En Terapéutica en Alza llevamos años acompañando a personas que llegaron creyendo que estaban rotas y descubrieron que solo estaban en guardia. Puedes llamarnos o escribirnos un WhatsApp y contarnos qué te pasa. Sin juicios, sin vergüenza y con total confidencialidad.

Lo que el dolor hace a tu pareja y a vuestra relación

La dispareunia nunca duele solo en el cuerpo. Duele en la relación con la pareja.

Quien sufre el dolor suele cargar además con la culpa: “Le estoy fallando”, “Ya no soy suficiente”. Y la otra persona, muchas veces, oscila entre la frustración y un miedo enorme a hacer daño, hasta el punto de dejar de proponer o de tocar. El deseo se resiente en los dos lados y la intimidad se llena de temas de los que no se habla.

Según el Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos (ACOG), cerca de 3 de cada 4 mujeres experimentan dolor en las relaciones sexuales en algún momento de su vida.

Fíjate en lo que dice ese dato: esto no es una rareza tuya, es una experiencia humana frecuentísima. La diferencia entre que sea un episodio pasajero o un problema crónico está, en gran parte, en cómo se gestiona: en pareja, con información y sin silencios. Poder decir “esto me duele” sin que se hunda el mundo ya es, en sí mismo, terapéutico. Y cuando hablarlo a solas se hace cuesta arriba, la terapia de pareja ofrece un lugar donde ese diálogo por fin es posible.

Cuando las pruebas salen bien pero el dolor sigue: qué puede hacer la psicología

Si la medicina ha descartado o tratado las causas físicas y el dolor continúa, no es que no haya nada que hacer. Es que toca trabajar donde el dolor vive ahora: en el aprendizaje que tu cuerpo y tu mente han hecho de él.

En terapia psicosexual no vas a encontrar recetas mágicas ni presión para “cumplir”. Vas a encontrar un espacio donde entender tu historia con el sexo y con tu cuerpo, ponerle palabras al miedo, revisar de dónde viene la culpa y desmontar, poco a poco, esa asociación entre intimidad y amenaza. También un lugar donde la pareja, si la hay, puede participar y dejar de ser espectadora impotente para convertirse en parte de la solución.

¿Y funciona hablar de esto? Funciona comprenderlo. Cuando entiendes qué sostiene tu dolor, deja de ser un enemigo invisible. El objetivo no es solo que no duela: es que el sexo vuelva a ser un lugar seguro, tuyo, elegido. La prevención de futuras recaídas pasa exactamente por ahí: por una sexualidad sin deuda, sin examen y sin miedo.

Llevo años trabajando con personas que llegaron a consulta convencidas de que su cuerpo estaba en su contra. Casi siempre descubrimos juntos lo contrario: que su cuerpo llevaba mucho tiempo intentando protegerlas de algo, a su manera, torpe pero leal. Escucharlo fue el principio del cambio.

Si el dolor está ocupando el lugar del placer en tu vida, no esperes a que “se pase solo”. Pide esa exploración médica si aún no la tienes y, con los resultados en la mano, ven a hablar con nosotros. En nuestra consulta de Zaragoza, o de forma online, te esperamos con la puerta abierta y ninguna pregunta prohibida. Porque mereces una intimidad que no duela, y eso, créeme, se puede trabajar.

Miguel Ángel Solano Bes

Psicólogo especialista en terapia de pareja y sexología. Cocoordinador de voluntariado en Fundación Down Zaragoza para la discapacidad intelectual.

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