No hubo un día concreto en que empezara. Ni una ruptura, ni una pérdida, ni un antes y un después que puedas señalar en el calendario. Solo una desgana que fue quedándose tan despacio que, en algún momento, dejaste de preguntarte por ella y empezaste a llamarla “mi manera de ser”.

A esa tristeza de fondo, tan constante que acaba pareciendo carácter, la llamamos distimia. No es un mal día ni una mala racha. Es un estado de ánimo deprimido que se instala y se queda, a veces durante tanto tiempo que la persona ya no recuerda cómo era vivir sin él.

Si al leer esto has sentido un pequeño reconocimiento, quédate. Vamos a ponerle palabras a algo que quizá lleva demasiado tiempo sin nombre.

Qué es la distimia o trastorno depresivo persistente

La distimia, también llamada trastorno distímico, es un trastorno del estado de ánimo: un tipo de depresión de forma crónica, de intensidad más leve que la depresión mayor pero mucho más prolongada en el tiempo. El DSM-5, el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, la recoge hoy con otro nombre: trastorno depresivo persistente, una categoría que agrupa la antigua distimia y el trastorno depresivo mayor crónico. La CIE-11, por su parte, la mantiene como distimia dentro de los trastornos afectivos persistentes.

Los criterios diagnósticos hablan de un ánimo deprimido presente la mayor parte del día, más días sí que no, durante al menos dos años en adultos (al menos un año en niños y adolescentes, donde puede aparecer como irritabilidad más que como tristeza).

No hablamos de algo raro. Los estudios sitúan su prevalencia entre el 3 y el 6% de la población a lo largo de la vida:

En España, el estudio ESEMED estimó que un 4,1% de las personas atraviesa una distimia en algún momento de su vida, con una frecuencia aproximadamente doble en mujeres que en hombres (Haro et al., 2006).

Y sin embargo, es uno de los trastornos depresivos que menos llegan a consulta. La razón no está en la falta de sufrimiento. Está en su disfraz.

“Yo siempre he sido así”: por qué pasa desapercibida durante años

La depresión mayor suele irrumpir. La distimia, en cambio, se filtra. Empieza pronto, muchas veces antes de los 21 años, y avanza tan despacio que no hay un antes y un después que la delate.

Cuando un malestar no tiene fecha de inicio, dejamos de verlo como malestar y empezamos a verlo como identidad. “Soy pesimista”. “Soy apagado”. “Nunca he sido de disfrutar mucho”. La persona con distimia no se pregunta qué le pasa: asume que ella es así.

El entorno colabora sin querer en ese disfraz. Como la persona sigue funcionando, trabajando y respondiendo, nadie sospecha que por dentro todo cuesta el doble. A esto se le llama a veces alto funcionamiento: la vida sigue, pero con un sobreesfuerzo invisible y agotador.

Me gusta pensarlo con una imagen: la distimia es como vivir con una persiana a medio bajar. Entra luz, sí. Se puede leer, cocinar, trabajar. Pero nada tiene el brillo que tendría con la persiana subida, y uno acaba creyendo que la habitación es oscura por naturaleza.

Síntomas de la distimia: la vida a media intensidad

Los síntomas de la distimia son parecidos a los de otros trastornos depresivos, pero menos intensos y mucho más duraderos. Según los criterios diagnósticos, junto al ánimo deprimido deben aparecer al menos dos síntomas de esta lista:

  • Cambios en el apetito, por exceso o por defecto.
  • Insomnio o, al contrario, dormir demasiado.
  • Fatiga o falta de energía casi todos los días.
  • Baja autoestima.
  • Dificultad para concentrarse o para tomar decisiones.
  • Sentimientos de desesperanza.

Sobre el papel, los síntomas descritos parecen una lista manejable. En la práctica clínica se traducen en algo más difícil de medir: una pérdida sostenida de calidad de vida. Los sentimientos de tristeza se vuelven paisaje, cuesta ilusionarse con los planes, las relaciones se viven desde cierta distancia, los logros saben a poco y el descanso nunca termina de reparar.

Muchas personas con distimia describen algo parecido a una desconexión: no están hundidas, pero tampoco están del todo presentes. Como si la vida ocurriera al otro lado de un cristal.

Distimia y depresión: en qué se diferencian

Es la duda más frecuente, y es comprensible, porque comparten territorio. La diferencia entre la distimia y el trastorno depresivo mayor está sobre todo en la intensidad y en la duración.

En un episodio depresivo mayor, los síntomas son más numerosos y graves, el inicio suele ser más identificable y la persona a menudo no puede sostener su día a día. En la distimia, los síntomas depresivos son más leves pero se prolongan durante años, con un comienzo insidioso y sin apenas periodos de bienestar. Quien la padece suele conservar cierta capacidad de funcionar y hasta de interesarse por algunas cosas, aunque pagando un precio interno muy alto.

Conviene no confundirla tampoco con el trastorno bipolar, donde el ánimo deprimido alterna con fases de euforia o irritabilidad expansiva. En la distimia no hay esos vaivenes: hay continuidad.

Hay un tercer escenario que merece nombre propio: la depresión doble. Ocurre cuando, sobre esa base distímica, se suman episodios depresivos mayores. La persona que llevaba años “tirando” de repente ya no puede, y es a menudo en ese momento, cuando los episodios de depresión desbordan el dique, cuando pide ayuda por primera vez.

Si te preguntas por tu propio estado de ánimo, en este artículo explicamos cómo saber si tengo depresión.

Y aquí me detengo un momento, porque quizá te estés reconociendo en estas líneas. Si llevas años sintiendo que la vida te pesa más de lo que debería y has llegado a creer que eso es simplemente ser tú, me gustaría decirte algo: esa tristeza no es tu forma de ser, es tu forma de estar. Y lo que es una forma de estar puede cambiar.

Si quieres que lo miremos juntos, puedes llamarnos o escribirnos por WhatsApp.

Causas de la distimia: qué puede estar contando esa tristeza

Se desconoce la causa exacta. Como en casi todo lo humano, la distimia surge de un entramado de factores biológicos, psicológicos y factores ambientales. A la pregunta de si la distimia es hereditaria, la respuesta honesta es “en parte”: existe cierta predisposición genética, pues es más frecuente cuando hay antecedentes familiares de trastornos del estado de ánimo. Y sabemos que el estrés crónico y las experiencias adversas tempranas dejan huella en la forma de regular las emociones.

Tampoco suele venir sola: no es raro que conviva con un trastorno de ansiedad o con el abuso de sustancias, que a veces funciona como un intento silencioso de anestesiar el ánimo depresivo.

Pero más allá del listado de factores, en consulta me interesa otra pregunta: ¿qué historia sostiene esta tristeza?

Detrás de muchos años de ánimo bajo suele haber pérdidas que no se lloraron del todo, vínculos donde uno aprendió a no esperar demasiado, o una infancia en la que estar triste era la manera más segura de estar. Vista así, la distimia no es solo un desequilibrio: es también un mensaje. A mí me gusta pensar en el síntoma como una carta que merece ser leída, no como un error que hay que borrar.

Algo parecido ocurre con ese apagamiento que a veces acompaña a los cuadros depresivos y que hemos descrito al hablar del estado de renuncia en la depresión: dejar de intentarlo no es pereza, es una defensa aprendida frente a demasiadas decepciones.

¿La distimia se cura? El tratamiento de la distimia

Te respondo con honestidad: la distimia se puede tratar, y la investigación respalda que los pacientes con distimia mejoran con el tratamiento adecuado. Una revisión publicada en The Lancet Psychiatry (Schramm et al., 2020) señala la psicoterapia, los medicamentos antidepresivos y su combinación como las vías con mayor evidencia para tratar el trastorno depresivo persistente. El enfoque concreto dependerá de la gravedad de los síntomas y de la historia de cada persona; la cronicidad pide constancia, a veces un tratamiento a largo plazo, más que soluciones exprés.

Entre los tratamientos psicológicos, enfoques como la terapia cognitivo-conductual o la terapia interpersonal ayudan a revisar esos patrones de pensamiento que llevan años funcionando en automático (“no valgo”, “nada va a cambiar”) y a recuperar, poco a poco, el contacto con lo que da sentido. Cuando se valora necesario, el tratamiento farmacológico (habitualmente con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) se coordina con profesionales de la salud del ámbito de la psiquiatría, sopesando beneficios y posibles efectos secundarios.

Ahora bien, tras tantos años de convivencia con el ánimo deprimido, el primer movimiento terapéutico no es cambiar nada: es empezar a mirarse con otros ojos. Distinguir entre lo que uno es y lo que uno lleva encima. Ese cambio de mirada, que parece pequeño, abre la puerta a todo lo demás. En nuestro espacio de tratamiento para la depresión trabajamos exactamente desde ahí: primero entender tu historia, después transformarla.

Si dudas sobre si tu caso “es para tanto”, quizá te ayude leer sobre cuándo acudir al psicólogo. Te adelanto mi opinión: No hace falta tocar fondo para que tu salud mental merezca atención. Llevar años viviendo a media luz ya es motivo suficiente.

Me despido con una pregunta, la misma que a veces dejo flotando al final de una primera sesión: si esa tristeza que te acompaña desde hace años pudiera hablar, ¿qué crees que llevaría tanto tiempo intentando decirte?

Juan Fernández-Rodríguez Labordeta

Psicólogo Sanitario y Psicoterapeuta de Tiempo Limitado. Con formación en EMDR. Cofundador de Terapéutica en Alza. Colabora con Aragón Radio y ha trabajado con familias y adolescentes en conflictos graves. Es parte del grupo de Recursos Artísticos para la intervención terapéutica del Colegio de psicólogos de Aragón. Además de ayudar a personas adultas, se especializa en el acoso escolar y trabaja en colaboración con entidades sociales de la infancia.

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