Acostumbramos a leer y escuchar sobre todo tipo de actividades y productos que tienen un beneficio terapéutico (hacer crucigramas, leer, correr, tomar un vaso de vino al día…) y cuya lista interminable podemos apreciar en los programas de televisión, la radio, blogs de Internet. Entre las respuestas a estas recomendaciones podemos encontrar desde quienes sigan las pautas al pie de la letra, hasta los que se hastían y comentan con escepticismo “¿Y qué más…?” ante la saturación de información sobre “lo que deberíamos hacer para estar sanos”.

Teniendo en cuenta que lo terapéutico siempre es aquello que nos proporciona salud, ¿Por qué las respuestas al respecto varían tanto entre las personas? ¿Cuál es el impedimento? ¿Acaso lo que se vende como terapéutico, no lo es realmente?

Sin querer adentrarnos en el terreno del efecto placebo, sí que estableceremos la línea de lo que es realmente terapéutico y no, diferenciando aquello que la persona necesita o satisface su necesidad sin que para ello haya consecuencias destructivas a largo plazo (drogas) o afecte a otras personas (dependencia, relaciones coléricas…).

Por poner un ejemplo sencillo, existen personas cuyo rendimiento y satisfacción emocional se hayan inmersas en la tranquilidad, por lo que actividades que puedan incorporar en un espacio “libre de ruido” será terapéutico (yoga, actividades mentales, trabajos manuales) ante eventos estresantes y no a la inversa. Sólo en el caso de que la simple interferencia provoque una ansiedad insoportable y dificulte el día a día, se analizará trabajará en la dirección de incorporar esos ruidos, o al menos desarrollar unas estrategias adecuadas para afrontar esa labilidad emocional.

Podemos seguir componiendo este puzzle que estructura al ser humano, su historia vital, virtudes, relaciones sociales y personales, familia… y encontraremos como el camino hacia la salud y la satisfacción consigo mismo se labra individualmente, siguiendo difícilmente consejos o pautas generalizadas. Una de las conclusiones sería que cualquier terapia ha de adaptarse a la persona, y no la persona a la terapia.

A diferencia del problema planteado anteriormente, para la psicoterapia encontramos un obstáculo antiguo y que todavía perdura, una suerte de profecía que augura un gran mal, “si voy, se confirma que tengo problemas, de los cuales seré culpable… En realidad, no lo necesito, podré con esto”. Esto dificulta mucho la búsqueda de soluciones, sobre todo cuando la persona sigue atascada en el patrón que le genera malestar.

En un intento de desmitificar esto, hay que aclarar que el objetivo de la psicoterapia no consiste en la frivolidad de confirmar un diagnóstico y exigir el cambio, sino explotar todos los recursos que se poseen, pero se creen olvidados o ignorados, y establecer un rumbo en el que la persona se sienta dueña, comprometiéndose con su propio cambio, y por lo tanto, su propio destino.

Por ello, el objetivo terapéutico será siempre seguir labrando ese camino que cubre la carencia, que compensa el vacío y genera satisfacción. Mente-Sentimiento-Conducta engloba al ser y se añade a la persona en una configuración única que, estableciendo una relación sana, terapéutica, los prejuicios se diluyen y se construye un nuevo futuro.

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