Psicosomática, un cuerpo que grita y una mente aterrada
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El pasado 10 y 11 de mayo se impartió en el Colegio de Psicólogos de Zaragoza un curso especializado sobre psicosomática, cuya ponente fue Natalia Seijo, psicóloga y gran referente a nivel nacional e internacional.

Juan Fernández-Rodríguez Psicólogo en Curso Psicosomática

Recordemos que un trastorno psicosomático es aquel en el que una persona sufre enfermedades orgánicas (úlceras, migrañas, dermatitis atópica…) y que, o por un lado no se encuentra la causa médica, o por otro, se encuentra pero los medios habituales para tratar la enfermedad no funcionan.

Cuando analizamos la relación entre el aspecto psicológico y el orgánico en este tipo de afecciones, encontramos que el estrés interfiere en la enfermedad de un modo decisivo. Queremos aprovechar este artículo para aclarar algunos puntos clave psicológicos que van de la mano en los trastornos psicosomáticos, sobre todo aquellos que son más graves.

Las personas que sufren psicosomáticamente viven en una constante sensación de descontrol

Sufrir de una afección orgánica, hacerse las “mil y una” pruebas, no encontrar explicación a lo que ocurre, probar diferentes tratamientos sin encontrar resultado y comprobar en la mirada de los médicos la confusión mientras el problema no deja de aumentar ni de generar dolor puede desesperar a cualquier persona. La desesperación se transforma el estrés, y el estrés mantenido dificulta al cuerpo funcionar de manera adecuada para facilitar los tratamientos necesarios.

Vivir durante años en esta dinámica de acudir a los hospitales o clínicas para “chequear” su estado físico sin encontrar solución hace que aumente la preocupación por los síntomas, y como expresaba Milton Erickson en alguna de sus conferencias, si mantienes una fijación intensa en una parte de tu cuerpo, esa parte adquirirá dimensiones enormes en la mente, con todo lo que conlleva. Sin darse cuenta, estas personas pueden aprender comportamientos hipocondríacos para tratar de solucionar lo que les duele. No olvidemos que el dolor es muy real, aunque se haya perdido el control sobre el “cómo” preocuparse.

¿Qué factores aumentan el riesgo de padecer una enfermedad psicosomática?

Pensamiento-emoción-conducta deben encontrar relación entre sí para funcionar de manera adecuada, como las conexiones en un ordenador para su correcto funcionamiento. Explicaremos de un modo esquemático y sencillo, en qué hay que fijarse para buscar una mayor estabilidad y, por lo tanto, atenuar los efectos de los síntomas orgánicos:

Desmesurada preocupación por lo orgánico

Como hemos expresado en el punto anterior, obsesionarse en los síntomas experimentados puede hacer que, paradójicamente, empeore o se intensifique el malestar que se pretende solucionar. Las personas que acostumbran a atender sus sensaciones de esta manera, pierden de vista muchas otras cosas positivas que ocurren a su alrededor.

La solución tampoco pasaría por dejar de observar definitivamente la sensación, pero sí que sería interesante aprender a darle el espacio y el lugar que le corresponde, pudiendo distraerse cuando es innecesario seguir atento al síntoma. La idea sana que acaban transmitiéndonos estas personas serían del tipo “hoy me he levantado con…, pero estoy bien

Alta reactividad ante la frustración

Las persona que sufren esta problemática viven claramente una frustración ante la incertidumbre del “¿Qué me pasa?” generando pensamientos de todo tipo que llevan a la desesperación y al terror. En este punto, más que frustración habría que hablar de estrés, que seguro afecta a la enfermedad que está padeciendo.

Pero la frustración puede ser reactiva a otras circunstancias, cómo sentimientos de fracaso, de rechazo o de abandono. Para superar estos intensos sentimientos, necesitamos mecanismos reflexivos que nos permitan meditar acerca de nuestras circunstancias y, por lo tanto, es importante concedernos un espacio y un tiempo para cuidarnos antes de volver a empezar. Si ante estas circunstancias es el impulso el que manda, el cuerpo sufrirá las consecuencias de reaccionar constante y desmesuradamente.

Aislamiento al mundo y a las personas

Hay personas que se ven envueltas en situaciones muy desagradables y, ante la desesperación y la impotencia, se recluyen en sencillas rutinas y se alejan de las relaciones sociales y familiares. Es un comportamiento muy parecido a lo que ocurre en las fobias, es decir, “mejor alejarme de lo que me produce dolor o terror”. Si la fobia es al mundo y a las personas, a medida que vivamos en esas circunstancias iremos aumentando la sensibilidad al mundo, y nuestro cuerpo sufrirá intensamente cada vez que contactemos con él por obligación o compromiso.

En algún momento sentiremos la necesidad de volver a conectar, pero el miedo ganará la batalla. Es importante entonces permitirse descansar para volver a conectar, aislarse solo genera sensación de control, pero no es el verdadero control.

Comportamientos evitativos

Muy similar al aislamiento, un comportamiento evitativo es el que resulta de actuar para no enfrentar lo que se teme. Hablar de temas superficiales y agradables para no hablar de temas personales, agradar a otros para no discutir, no comprar en grandes establecimientos para evitar espacios agobiantes con mucha gente… serían algunos ejemplos de comportamientos evitativos.

De algún modo, aislarse es una forma de evitación más pasiva que esta, ya que evitar activamente implica colocarse frente a lo que se teme para actuar y bordearlo, generando mentalmente una dinámica de “no querer mirar”, y el cuerpo, a lo largo del tiempo, puede sufrir la tensión no resuelta de diferentes formas.

emociones en trastornos psicosomáticos

Papel de las emociones en las enfermedades psicosomáticas

Como puede intuirse en el punto anterior, cuando las emociones desagradables no se puedan canalizar de un modo adecuando que puedan generar sentimientos de autocontrol en las personas, el cerebro se encarga de desviar esa energía a donde sea más inteligente expresar ese malestar.

En consulta encontramos, en chicos y chicas que sufren acoso escolar por ejemplo, muchos síntomas de este tipo, como dolor de estómago por la mañana, problemas para conciliar el sueño, diferentes reacciones en la piel, mayor sensibilidad al dolor físico… siendo estos ejemplos de cómo la mente puede transformar el miedo en algo más corporal. Lo mismo puede ocurrir con otras emociones como la rabia, la tristeza y la culpa.

Cuando una persona puede conectar con esas emociones, aprende algo muy importante, y es que no es necesario encontrarse en un estado de urgencia para cuidarse, sino que la salud requiere cuidado constante y calmado, como asearse con regularidad, hablar con personas cercanas cuando algo preocupa, acudir a una consulta médica sin necesidad de esperar a una crisis, comer regularmente y de manera sana y hacer deporte con regularidad. Una vez entendido esto, ya no hay necesidad de transformar el malestar en síntomas físicos, aunque es cierto que en muchas ocasiones es necesario resolver el conflicto de origen, como en el acoso escolar.

Importancia de contextos seguros para tratar enfermedades de este tipo

Cuando una persona sufre una enfermedad grave de estas características, el ritmo del tratamiento es tan importante como el tratamiento en sí ya que el cerebro llega a un punto en el que no se encuentra seguro ante nada, por lo que el estrés se acentúa más y llega a cronificarse.

Confiar en el psicólogo o psicóloga no implica esperar soluciones inmediatas, sino permitirse un reconocimiento de las necesidades personales dentro de la consulta, ese lugar seguro donde nos escuchamos y nos sentimos sin ningún tipo de juicio ni valoración negativa. Al principio esto implica bajar la velocidad que la persona está acostumbrada dentro de su estrés y puede ser raro, pero a medio plazo resulta de lo más reconfortante saber que puedes estabilizarte por tus propios medios. Recordar además que hay personas y lugares donde poder sentirse bien es un refugio mental que facilita la curación.

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